Posteado por: alfayate | octubre 26, 2009

Los mapas del País Invisible

Para viajar por el País Invisible se necesita mapa (sí, ya sé que suena absurdo, pero te lo exigen en la frontera). Un mapa invisible, por supuesto. ¿Y cómo se consigue eso? Vaya pregunta, se lo hace uno. Cualquiera con menos de 9 años sabe hacerse uno perfectamente pero, pensando en los adultos, existen muchas tiendas donde uno puede comprar una gran variedad de mapas de todas las escalas y colores por un módico precio o un precio abusivo, eso depende. Claro que, como son invisibles, nunca sabe uno lo que le están vendiendo. Además tienen el inconveniente de que como no se ven, al final hay que inventárselos de todas formas.

La gracia está en que ningún turista que haya pagado por el mapa quiere reconocer que ha tirado su dinero, así que (al igual que en el cuento del emperador desnudo), proclaman muy seguros de sí mismos las excelencias del mapa adquirido. “¡Imposible perderse con este mapa!”. Algunos especialmente avispados hasta lo revenden.

Existe también una tercera opción que consiste en adquirir una guía adjunta al mapa (esta vez visible) pero como su precio oscila entre lo prohibitivo y lo absurdo, son muy pocos los que se la pueden permitir. Además, aunque contienen algunas indicaciones precisas, la mayoría son bastante ambiguas, del tipo “montaña adelante, por el lado norte un río, ciudades aquí y allá”. Aunque incluyen fotos a todo color, eso sí.

En resumen, que según lo bueno que sea el mapa y lo bien que se nos de interpretar o imaginar mapas invisibles, nuestra estancia allí será aburrida, interesante, divertidísima o directamente catastrófica, con riesgo de no poder encontrar el camino de vuelta incluido.

Pero existe un secreto que los habitantes del País Invisible jamás revelarán al turista ocasional concentrado en imaginar su mapa, a no ser que lo descubra por sí mismo…

Bueno, en realidad son dos secretos: El primero es que en cualquier momento podemos cambiar de mapa o reimaginarlo a nuestro gusto. Nada nos impide hacerlo, claro que esto tiene más sentido al principio de la estancia. De poco nos sirve cambiar totalmente el mapa y poner, no sé, una tundra donde antes había una playa (o viceversa) si nos tenemos que marchar al día siguiente y no nos da tiempo a llegar.

El segundo y principal secreto es el siguiente: no sólo podemos cambiar el mapa, si no que lo que nos encontremos en nuestro viaje dependerá en gran medida de lo que hayamos puesto nosotros en el mapa y, sobre todo, de hasta qué punto estemos convencidos de ello. Así que el que esté convencido de que ha llegado a una ciudad costera, tarde o temprano dará con el puerto y la playa; claro que aunque todas las ciudades costeras tienen puerto y playa, pueden ser muy distintas entre sí: grandes, pequeñas, industriales, turísticas, históricas, de clima gélido o tropicales, surcadas de canales o rodeadas por acantilados. En efecto, no sólo es importante la intensidad con la que confiemos en nuestro mapa, sino también la precisión (y la coherencia) con la que nos lo imaginemos. También hay que advertir que paradójicamente, a veces es más difícil conocerse a uno mismo que a un país invisible, así que aunque pensemos que nos encantan los pueblecitos de montaña y nos imaginemos uno con total precisión, resulta que a los pocos días de llegar estamos hartos de paisajes nevados, casitas coquetas, deportes de invierno y caminatas al aire libre y no vemos la hora de regresar.

De igual manera, aquellos convencidos de haber llegado a un sitio vacío y aburrido, se aburrirán como ostras y apenas saldrán del hotel; los que están seguros de que se van a perder, se pierden irremisiblemente; los muy viajados que piensan que ya lo han visto todo, se encuentran con un país ni fu ni fa y sin nada de especial y los que van dispuestos a vivir una aventura maravillosa, la viven, ciertamente. Claro que puede que no resulte tan maravillosa como se habían imaginado (o que, simplemente, sea muy distinta) ya que las aventuras, si son aventuras de verdad, no pueden planificarse, y siempre nos sorprenden.

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Este pequeño cuento está inspirado en el libro “El País Invisible”, de Pedro Alvarez Menchaca y Román Fernández Rodríguez. Editado por J&Roth Creativos.
Email: roth ARROBA rothcreativos . com
ISBN: 84-611-0893-0

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