Posteado por: alfayate | diciembre 17, 2007

El borde de una era

Hoy me he levantado trascendental y pesao, así que en el mejor estilo de orador os largo este artículo. Si hoy cualquier enano mental (sin ánimo de ofender a los enanos) puede hacerse (o que le hagan) un libro, pues yo no voy a ser menos. Esto también podría titularse “Carta a un colega borracho en la noche del sábado” (o así)

Nacimos al borde, al final de una era. Los ideales del (supuesto) estado del bienestar, trabajo estable, oficio para toda la vida, cosas bien hechas, etc… con que nos educaron, han sido reemplazados, se desvanecieron o peor aún fueron vaciados, convertidos en envoltorios de sus contrarios. Las estructuras que una vez nos dijeron que nos permitirían alcanzarlos yacen en ruinas, derribadas o tal vez caídas por su propio peso, cual malos decorados. Pasamos años y esfuerzos preparándonos para un mundo que ya no existe si es que alguna vez lo hizo, para un juego en el que nos han cambiado el tablero y las reglas.

¿Qué hacer? ¿Aceptar de buen grado o hipócritamente aquello que se nos ofrece ahora?
Nunca, para renunciar siempre hay tiempo y con el que aún tenemos podemos hacer algo mejor.

¿Aferrarnos a un mundo desaparecido, intentar resistir entre las ruinas?
Eso es un suicidio, lanzarse contra un muro sin frenos, entrar en el callejón sin salida que nos han construido.

¿Olvidarse de aquello en lo que creíamos, convencernos de que eran falsos ideales?
Eso sería casi como lo anterior, además algunos, como tú decías pueden ser ideales muy loables, puntos de referencia que siguen manteniendo su valor aunque ya no sepamos cómo alcanzarlos.

El juego es tal vez más sutil, no sólo se han cambiado los objetivos, los planes y las valoraciones sino las herramientas para construirlos y sospecho que las anteriores eran sólo coyunturales o directamente inútiles para construir el mundo en el que se suponía teníamos que integrarnos. Es como un modelo de la frustración, como comer sopa con tenedor o construir castillos de arena creyéndolos tan sólidos como si fuesen de piedra: subió la marea y desaparecieron ¡qué desilusión!

Así se produce la desbandada, cautivo y desarmado el ejercicio de los proyectos colectivos, cada cual tira por su lado, con menor o mayor convicción aceptan que “así son las cosas”, “hay que adaptarse” o “evolucionar o morir”; ayudando así sin saberlo a la construcción del peor de los mundos que sí es posible; como el “sálvese quien pueda” acelera y asegura la derrota de un ejército o la debacle en el incendio. Al final claro son muy pocos los que se salvan, los más afortunados, los más fuertes y los que mantuvieron la calma.

Se me ocurre, sin pretender estar en lo cierto ni mucho menos ponerme de ejemplo, una salida posible: hasta donde yo sé la solución sería mantener las ideas que consideremos que aún pueden ser válidas y deshacernos del resto. Además inventar, o reutilizar, actualizar nuestras propias herramientas para construir nuestros planes. Esto no es nada nuevo, lleva haciéndose mucho tiempo, por ejemplo hoy todo el mundo acepta el ideal democrático, participativo y garantista, pero el instrumento que se supone que lo hace posible (partidos, elecciones, etc…) más bien sirve para mantenerlo en pie mientras se vacía de contenido. Sin renunciar a él, hay ejemplos de alternativas verdaderamente democráticas y participativas que se desarrollan aquí y ahora, día a día por numerosos colectivos y organizaciones (tú lo sabes mejor que yo). Es un proceso, como subir a un monte, hace falta mapa y no perder de vista la cumbre, pero hace falta también ir paso a paso, caminarlos todos y en su momento, la vida no espera a nadie, o caminamos aquí y ahora o no caminamos (¿acaso se puede vivir en otro momento que no sea ahora?) la meta es tanto o más el camino que la cumbre.

Bueno, esto pueden parecer perogrulladas para cualquier persona con unos mínimos conocimientos, en lo colectivo es fácil pensar así y surgen muchos ejemplos, ¿pero en lo personal? Ahí ya no lo tenemos tan claro, porque es mucho más difícil reconocer que lo que somos es un proceso, no unas ideas fijas con las que nos identificamos o nos han hecho que nos identifiquemos. ¿Te acuerdas de los libros de texto que tenías de pequeño? ¿Cómo representaban a las personas adultas? es decir ¿por qué se definía a una persona, cuál era el modelo a imitar? Si lo piensas bien eran OFICIOS ASALARIADOS, alguien era policía, bombero, cartero, cocinero… su profesión definía a la persona (¿qué quieres ser de mayor?) que se ganaba la vida con ella (o sea, le pagaban por ello) y era algo tan inseparable de ella como el color de la piel, de hecho la personalidad que muestran estos modelos venía también definida o al menos influenciada por su oficio. Que yo recuerde nunca aparecía algo como “Pepito es un parado” o alguien que se ganara la vida a salto de mata, hoy de esto mañana de lo otro. Los únicos personajes que no venían definidos por su oficio eran negativos como borrachos, ladrones, mendigos, vagabundos, etc… con la posible excepción de mamás y abuelos. Ahora salvo policías y soldados, poca gente hay en este país que se gane la vida con un oficio fijo, hasta a los funcionarios los quieren convertir en temporales y polivalentes. Ahora los oficios son difusos, trabajas en un sector, pero lo mismo para un roto que para un descosido; queríamos un oficio para ser alguien y nos hemos encontrado con un título universitario o de FP, que es algo muy distinto y además tampoco garantiza nada. Así se consigue que cuando la gente vive haciendo lo que le echen o está en el paro, se desmoralicen y encima pierdan autoestima, puede que se cabreen y critiquen la situación, pero es difícil deshacerse de lo que nos inculcaron subliminalmente de pequeños, de esa vocecita que te dice “fracasado, fracasado”, a la larga es un arma muy poderosa en manos de los organizadores de nuestro “fracaso”.

Yo digo que NO a esto y hay que reaccionar, tanto colectiva como individualmente, no podemos definirnos en base a lo que nos enseñaron de pequeños y nos han cambiado de adultos, no se puede dejar la autoestima en manos de quienes quieren jodernos la vida y hay que buscar también en lo personal nuestras propias metas y pasos para andar día a día, entre lo posible y lo deseado. Es difícil, pero creo que el primer paso es darse cuenta de ello y empezar a planteárselo.

He dicho

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Responses

  1. […] pensado así, me he dado cuenta que este cuento arroja nueva luz (u oscuridad, quién sabe) sobre una entrada anterior. Ahí […]

  2. Elena: De nada. Si te ha servido para sentirte un poco mejor, ya ha merecido la pena escribirlo. Por cierto, me temo que como en la película, ya voy por los treintaytantos escalones.

    30ytantos: Espero ansioso tu comentario extended edition. Un saludo.

  3. Lo he leído y quiero releerlo. Me gustaría contestarte largo y tendido, pero mis obligaciones me llaman, espero dejar algo más elaborado dentro de unos días, porque sabes que yo también estoy haciend equilibrios y buscando una estabilidad que sé que no existe, pero que es como espejismo en el desierto, mientras dura, se consigue un poco de calma.
    ELENA, claro que no eres la única.

  4. Este artículo no podía venir en mejor momento Alfayate, es como esa vena constructiva y honesta que hiciste en el extinto blog del gordo, le has puesto el dedo a mi llaga y eso que me da que no tienes los 30 palos que yo supero. Además ahora mismo esa llaga en mi caso, sangra. Y por un momento me has hecho sentir que no estoy sola ante esas sensaciones, ole por ti y tu colega de borrachera, ojalá a todo el mundo le sentara igual la priva. La verdad es que yo, ante esto que has planteado, no sé ni por dónde empezar, reconozco que soy una cobarde ante las presiones de mis ancianos por el afecto que les tengo, y la presión del ejemplo que debo dar a mi prole que es como tener una cámara las 24 horas del día. Sé que esto no es todo lo que la vida ofrece, un puesto fijo, esa ficción de estabilidad. Y aun así esa sensación de que es a lo que debo aspirar, me asfixia, porque no la deseo pero siento vértigo al no tenerla. Y la sombra del fracasado… joer que cabrón, es que es justamente eso, a pesar de que mis valores no se basan en eso. Es el rasero por el que te miden socialmente. Suerte que, a pesar de todo, mis ancianos me recuerdan quien soy de verdad. Porque a veces, me pierdo.
    En cualquier caso, gracias. En serio.
    Un beso.


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